... Or noir (2011)

ORO NEGRO - de Jean-Jacques Annaud
con Tahar Rahim
http://www.imdb.com/title/tt1701210/
[avant-première en Roubaix]
Emerjo de las cenizas, en parte inspirada por muchos de sus lindos comentarios sobre el blog, para tratar de retomar este espacio. Y lo que hoy les voy a contar es sólo cinéfilo en lo anecdótico, pero más que otra cosa es una reafirmación de las fuerzas internas y externas que realmente ordenan este mundo, invisibles y simpáticas (a veces).

Venía yo con algunas semanas medio duras de sobrellevar, de ésas que nos hacen replantear si las cosas están bien como las hacemos y si hay algo para decidir o si simplemente la molestia es reflejo del destino. Como el mejor remedio a todo suele ser una película, tenía programado ir a la avant-première de Oro Negro en un cine relativamente cercano, porque se presentaba imperdible. La figura: Jean-Jacques Annaud. Hombre que me ha conmovido de formas tan diferentes a lo largo de mi vida, con El Oso, Enemigo al acecho, y hasta con la criticada Siete años en el Tibet que a mí me gustó tanto, se merecía verlo presentar esta nueva obra.
En un estado para nada eufórico debido a mis conflictos del alma, llegué al cine como a una especie de visita médica para recibir el toque mágico del arte, que todo lo ilumina. Una vez adentro, me encuentro con más gente de la que yo esperaba y un "boletero" que pone cara de asunto serio: -No hay más entradas.
Por dentro sentí salir una especie de puteada ligera debido al no tan corto viaje que me hice hasta el cine, con el cansancio y la conflictiva, y sobre todo por la pérdida del medicamento que iba a sanar mis males. Sin embargo, también estaba en ese estado donde qué más da, y en respuesta rápida de quien se siente rechazado, pegué la vuelta sin protestar ni un poquito.
Cuando estoy acercándome a la puerta para salir del cine, ya enfurruñándome en mis pensamientos dramáticos otra vez, aparece cierto señor canoso en la entrada, rodeado de una comitiva aduladora, y mientras me doy cuenta de quién se trata, Mr. Annaud comienza a avanzar en mi dirección, pasando a mi lado y mirándome sin mucho interés.
Si uno va a la avant-première de la película de alguien y en un intento por irse se topa con ese alguien, hay algo que no cierra en la partida. Con una nueva motivación, enardecida por el reciente encuentro cholulo, me vi a mí misma avanzar determinada hacia el "boletero" (llamémoslo B), y reclamarle un lugar para la cinéfila sufriente (yo). B se asombró por mi regreso y me dijo que si bien no había más entradas, cierta gente no había venido, de modo que lugares libres efectivamente había. 

Acá quiero hacer una pausa para enfocar esto, que no es más que una anécdota tonta, como me gustaría que lo vean: Lo que busco resaltar es que en algún punto antes de ir a ver la película, yo había decidido que tenía que salirme de lo cotidiano aunque no tuviera tiempo para hacerlo, en pos de ganar perspectiva: el método parecía un poco simplón, pero fue un movimiento reflejo hacia un lugar -el cine- que siempre se encarga de darme satisfacciones. Esa decisión tomada en no sé qué momento, ordena todo el resto. Yo ni siquiera me sentía con ganas de ir, no estaba entusiasmada, no me importaba que no hubiera lugar. Pero la decisión, de esas cosas no se entera:

Parada en un rincón, presintiendo que la cosa se estaba por poner divertida, me dediqué a esperar a B que iba a por noticias sobre los prometidos lugares desocupados. B vuelve con cara de satisfacción: -Hay lugares, pero son para estas señoras que (por un motivo no declarado al público plebeyo) tienen prioridad-. Miro a mi derecha: tres ricachonas señoras, aparecidas de no sé dónde y con sonrisa de estar en su derecho, se aprestaban a recibir sus entradas. Lanzo a B una mirada amenazante, pero él se excusa rápido y me intenta despachar. 
A esta altura había aprendido que eso de irse no venía al caso esta noche, de modo que mientras las viejas-primera-clase pasaban a mi lado, volví a mi rincón de espera. (He ahí la clave de la vida: paciencia.)

Después de un tiempo prudencial, veo a tres chicas hablando con B acerca de posibles lugares libres de gente que tampoco llegaba, y me apresuro a sumármeles. B va a ir nuevamente a chequear (la sala estaba en un primer piso, así que mis aplausos a B por subir y bajar tantas veces por estos clientes hinchapelotas) y las chicas y yo esperamos impacientes. Antes de irse, B pasa a un lado mío y me dice: -Si hubiera lugar, las chicas tienen prioridad-. Yo le digo sí con la cabeza, maldiciendo por dentro a todas las prioridades del mundo, pero con certeza de que esa noche no tenía más que hacer que estar ahí, esperando.
Al regreso de B, y mientras intercambiábamos lo que yo creía eran sonrisas cinéfilas con el grupito de tres chicas que aguardaban conmigo su entrada, lo escucho decir agitado que efectivamente los últimos lugares libres existían, eran tres y estaban disponibles para ellas. Mi sonrisa cómplice hacia las chicas se transformó en diabólica, pero esto no acababa, y me quedé atrás observándolas recibir sus boletos. Una de ellas reclama: -¡Pero no están juntos los asientos, nosotras queremos sentarnos juntas!- Mientras yo pensaba a qué clase de espectador le puede importar esa minucia, pude ver cómo B dirigía su mirada con poderío boletero hacia mí, sabiendo sin dudas el final de esta historia: -¿Entonces no las quieren?- les dijo, mientras ellas ya se iban, dejando atrás su inexistente fanatismo por Annaud.
Yo emerjo desde el fondo, me acerco a B y le pido por última vez una entrada para mí. -Tuvo suerte- me dice -¡Hizo bien en quedarse todo este tiempo esperando!- un poco asombrado de que, o bien me importara tanto una avant-première o tal vez tuviera habilidades clarividentes.
En cuanto me acompaña por la escalera que tanto subió y bajó esa noche, B (que ya me había tomado cariño a estas alturas) advierte que mi lugar es en primera fila, es decir que mi cuello iba a tener que doblarse demasiados grados hacia atrás para disfrutar la peli. Contenta por lo logrado, poco importaba mi cuello, y en despedida le agradecí con sinceridad a B.
Cuando entro a la sala, descubro las últimas sorpresas de la noche: que el espacio entre la pantalla y la primera fila era ese perfecto que siempre busco en un cine normal, y que allí a dos metros de donde yo me estaba sentando, Jean-Jacques Annaud estaba empezando a hablar sobre sus aventuras filmando esta película y sobre los ojos de Tahar Rahim.


Mientras lo escuchaba hablar, me encontré tratando de abarcar todos los pedazos que se estaban juntando esa noche: la niña de 5 años que era yo, llorando en una sala de cine cuando veía El Oso, con la que más grande se enamoraba de un Jude Law francotirador, y la que llegó hasta Francia en parte impulsada por tanto cine; también con esa yo última que hacía un ratito se sentía tan mal y que sin hacer nada logró meterse a la sala, y conocer al director de tantas horas mágicas de su juventud. No es que las palabras de Annaud fueran tan aburridas, pero no podía dejar de pensar en que uno es tantas cosas al mismo tiempo, uno es todos los que fue y el que es ahora, pero también ahora es múltiple: es aquél que está impaciente y esa otra parte sabia que espera. A la que no le importan los motivos por los que espera, pero que se queda parada con paciencia y sabiduría, conociendo los engranajes de las cosas, que frente a una decisión bien tomada, se pliegan y ordenan para que todo salga como tiene que salir.

Perdida entre una sensación de atemporalidad potenciada por las circunstancias y por la historia super cinematográfica de Oro negro, disfruté después de todo de un muy respetable film. Una película de aventuras honesta y clásica, "de las de antes", hermoseada, claro, por los ojos de Tahar Rahim.


4 comentarios:

  1. Eunice no dejes de compartirnos tus reseñas :D ojala tu semana mejore

    abrazo de gol chica

    ResponderEliminar
  2. Hola Eunice, me gustó la anécdota Creo que porque sé a lo que te referís sobre que el cine libera! o al menos rescata!

    ResponderEliminar
  3. Gracias Eunice,más que el cine me gustan las palabras con las que contás esas cosas.
    Muchas veces espío tus comentarios, me río...me gustan.Pero lo de hoy me llevó a correr emocionada con el boletero ante la fuerza de la decisión.
    Espía conmovida.

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias a ustedes por sus comentarios!

    Me alegra saber que mis historias los entretienen y que me acompañan en estas cotidianeidades que así se vuelven más mágicas.

    ResponderEliminar