... Bunheads vs Girls: La batalla de las tinieblas

Tengo una parte mía de chica femenina, girlie girl o como quieran llamarlo. No consiste en que me guste particularmente ni la ropa o los zapatos, ni otros productos "femeninos" (y no me refiero a tampones) que tanto se encuentran aquí en Francia, sino en un apego particular a la gracia y a la fortaleza de la verdadera femineidad. Sin ahondar en reproches a nuestra sociedad machista o discutir qué significa verdaderamente ser femenina, todo esto viene a que cuando era más joven que ahora veía la serie Gilmore girls. Que era totalmente girlie, pero sólo en el sentido de que tenía muchas flores y cancioncitas "lalalá" de fondo. El resto estaba basado en diálogos con constantes referencias a la cultura pop (y no tan pop) y puro drama familiar graciosamente desarrollado.

En honor a este episodio de Gilmore girls, mi mochila de viaje se llama Lorelai, como sus protagonistas. True story.
De espíritu femenino similar, otra serie a la que quiero mucho es Felicity, hecha con delicadeza y cariño por un J. J. Abrams en formación, que conjugaba el típico drama universitario estadounidense con elementos experimentales de narración y un contexto afectivo muy realista.

Pero les hablaba de series girlie, y sobre todo de las chicas Gilmore, porque al fin su creadora (Amy Sherman-Palladino) ha vuelto al ruedo con un producto similar, lleno de su ternura y humor -- y claro, su toque girlie. La serie en cuestión se llama Bunheads (en referencia a los rodetes de las bailarinas de ballet, alrededor de las cuales gira la historia), y tal vez esté lejos de las ficciones alabadas por la crítica recientemente, pero acaricia ese costado mío un poco floripondio (ahora por fin comprenderán la decoración del blog) que cree en un contexto lo suficientemente agradable como para dejar crecer las cosas tiernas. Porque la clave en este tipo de ficción, como lo ha dicho Sherman-Palladino, es que los niños sean niños sin necesidad de esconder la inocencia o sobrevalorar lo decadente. Que existe, por cierto, y está por demás reflejado (bien o mal) en otras ficciones. La elección del artista es justamente ésa: en dónde poner el énfasis, en la pureza o en su ausencia, en lo delicado o en lo mediocre. Sin que esta elección determine la calidad de la obra, creo que sí distingue dos grandes grupos de creaciones y creadores, unos inspirados en la luz y otros en la sombra.

Bunheads y sus bailarinas entusiastas de la vida.
Haciendo el contrapunto con Bunheads en este dilema Ibarbourou versus Pizarnik se encuentra Girls, otra serie sobre jovencitas creada casi en paralelo a la primera. Y confieso que en cuanto se me terminaron los escasos diez capítulos de la prístina Bunheads, me pasé al bando más posmoderno de Girls, donde todo se hace porque sí y la naïveté no abunda. Esta forma de ver las cosas también me agrada: las neurosis de los personajes están muy claras, el humor es muy contemporáneo, y a fin de cuentas el tono de la serie es más realista. Aunque aquí haya derroche de snobismo y de personajes desagradables, confieso que lo patético en algo me entretiene.

Pero si me dan a elegir, yo sigo siendo una girlie girl de las optimistas. Sigo siendo una chica Gilmore. No hay número suficiente de gente depravada que me quite la fe en la bondad, ni sufrimiento tan poderoso para borrarme el placer de la esperanza. Es por eso que, tanto en la vida como en el arte, siempre elijo la belleza del sinsentido frente al desengaño que habita en él: Prefiero El árbol de la vida frente a Melancolía, elijo a Ibarbourou en lugar de Pizarnik; y, ni hace falta decirlo, me quedo con Bunheads en vez de Girls.

Girls.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario