... Meu pé de laranja lima (2012)

MI PLANTA DE NARANJA LIMA
de Marcos Bernstein, con João Guilherme Ávila y José de Abreu

Con la garganta estrujada salí del cine y sólo pude llorar en serio afuera de la sala. Durante la película solamente se me juntaban algunas lágrimas en los ojos que se sumaban al agua en la pantalla, a las lágrimas de Zezé, al llanto de toda una infancia. Entonces todo era un mismo río y yo estaba allí dentro, sin distinguir las aguas. 
Ver esta película fue un placer porque es una película linda, pero además porque es una historia de las que enseñan la magia de la narración, el verdadero encanto de ser escritor. Verla fue además como si alguien hubiera hecho un film con mis recuerdos, porque leí este libro hace tantos años que los detalles se habían perdido en el barro que ensuciaba las rodillas de Zezé y las de la niña que era yo cuando leía.

Acá estamo'

Hola gente,
Les agradezco a los que siguen ahí a pesar de mis ausencias varias, y ritmos extraños de publicación y desaparición. (Malditos sean los que partieron.)
Estoy de vuelta, como tantas veces pasadas, pensando en cómo repensar este blog cuando yo misma me aburro de mis reseñas de cine. Por lo pronto pretendo estar algo más activa en twitter @hoyvi, compartiéndoles cositas como los artículos, críticas y películas que veo.
En cuando a este espacio, siempre sigo con ganas de escribir sobre cine, así que no se asombren si aparece alguna reseña nuevamente, pero el plan es publicar algún contenido original; ya no contarles sobre otras historias sino narrarles yo misma un cuento (o varios). Vamos a ver cómo nos va.
Como sea, aquí sigo estando.

Aún perdida




... Argo (2012)


ARGO, de y con Ben Affleck.

Cuando fui al cine a ver Argo -que por cierto es un film decente pero nada genial-, al final de la película la gente aplaudió. Franceses. Aplaudiendo que un tipo de la CIA hace 30 años organizó el rescate de 6 personas (Americans!) durante la toma de la embajada estadounidense en Irán por parte de iraníes que reclamaban la restitución de uno de sus dictadores a un gobierno yanqui que prefería retenerlo a liberar los cientos de secuestrados en la embajada. La frase es larga, pero es todo lo que hay que entender de la película. Y si bien ésta es entretenida, el éxito de la misión narrada ¿Qué significa? Veamos:
Si pretende simbolizar "a mal gobierno, solidaridad entre ciudadanos", la cosa no cierra porque la operación no fue hecha por cualquiera, sino pagada y sustentada por el gobierno. Si pretende exponer las contradicciones yanquis (como parece que intenta hacerlo mostrando la condena de los "americanos" a la ocupación soviética de Afganistán, cosa que 30 años después ellos repetirían), ¿por qué parece hecha por un niño opinando "qué malos son esos árabes que secuestran gente"?. Para mí es solamente la historia de un cualquiera que tuvo suerte. Puede ser más divertido ver o contar la historia de los que tuvieron suerte que la de los desafortunados, pero tampoco vale meterse en terreno político si no hay nada para decir. En fin, parece que nada de ésto importa porque el suspenso noventero sigue teniendo éxito, al menos en mi sala de cine repleta de adolescentes franceses, que aplaudieron.

... The grandmaster (2013)

de Wong Kar Wai, con Zhang Ziyi

En una escena de The grandmaster, la protagonista femenina le dice a su contraparte masculina: “ningún arte es más alto que el cielo ni más sólido que la tierra”.*
A lo primero que me remitió ante esta frase, que me encantó, es a esa liberación de sentir que nada de lo que uno pueda producir es tan importante; cuando tenemos esa idea espectacular para escribir, o aquélla inspiración única para crear un obra de arte, el no llevarla a cabo no destruirá el curso del universo ni cambiará significativamente nada. Eso resta un poco de peso a la responsabilidad del artista, que igualmente tiene la obligación de obedecer a esas ideas e inspiraciones, hasta el fin de sus días.
Pero volviendo sobre la frase, una vez terminada la película (una película bastante linda, con geniales peleas de kung fu y una historia un poco difusa) me siguió resonando porque también transmite otra verdad: que aunque el arte nos trascienda, aunque el arte sea más (duradero, ¿complejo?, abarcador) que la vida humana, éste sigue siendo mortal. En The grandmaster la protagonista se refiere a la extinción de una forma de artes marciales, y la verdad es que así como ella, mueren obras y artes constantemente, sin que el mundo colapse. Porque aunque a través de él nos conectemos con lo divino (o con el sentimiento de lo divino), aunque nos sobreviva y crezca, se perfeccione, se multiplique, el arte siempre será una creación humana. Y aunque durante nuestra vida él nos proteja de la muerte, su destino también parece ser morir.

*Es de cierta importancia aclarar que la película es china, y la frase está tomada de los subtítulos en francés, por lo tanto esta primera traducción ya debe haber cambiado el significado del dicho original. Luego, mi recuerdo de la frase puede ser incorrecto, y finalmente consideremos mi traducción francés-español. Es decir, vaya uno a saber qué dijo la actriz en la película.

... La espuma de los días


Son tantos los libros escritos que vale la pena leer, tantos, que seguido nos (me?) pasa no saber cómo elegir el siguiente, si imponerse algún orden lógico, o seguir el azar de la vida. En lo personal yo trato leer ciertos autores, o de respetar a veces ciertas cronologías, pero en su mayor parte los libros me sorprenden sugiriéndose de la nada en personas, en otros libros o películas, o gracias a menciones al azar.
El caso de L’écume des jours (cuya traducción literal es La espuma de los días) no es tan aleatorio porque hace ya un par de meses que la publicidad del film de Michel Gondry -segunda adaptación de la novela- pasa y re-pasa antes de las películas en el cine. Fan de Gondry como soy, después de ver este trailer por primera vez, únicamente pensé en esperar con ganas el estreno del film:


La segunda vez, en cambio, me llamo la atención lo del "d'après le chef-d'œuvre de Boris Vian" (algo así como "inspirado en la obra maestra de Boris Vian") que para mí no tenía nada de obra maestra ni de conocido; nunca había oído hablar de este libro ni de su autor. Un par de wikipedias después, me encuentro convencida de la necesidad de leer L’écume des jours. ¿Qué es esta necesidad? Si tuviera que describirla, es la impresión de que tenemos el ánimo justo para disfutarla, una sensación de que es algo que siempre habíamos buscado y que nunca habíamos visto similar. El puntapié necesario para decidir que éste es el siguiente libro que vamos a leer.
Días más tarde, con la chef-d'œuvre entre mis manos -en su edición de bolsillo de tapa azul con una flor naranja en el centro-, el placer de comenzar la primera página se presentaba más grande incluso que el prometido al ver el film. He avanzado las páginas como loca, riendo y enterneciéndome con los juegos de Vian, impulsada por el acelerador del inminente estreno de la película, que quizás pueda ver el mismísimo 24 de abril. Aunque a veces me encuentro pensando en Romain Duris y Audrey Tautou cuando Colin y Chloé son mencionados, los personajes han cobrado vida propia y entre este librito y yo ya existe una historia personal que ningún film puede cambiar.
Cuando haya terminado el libro, y seguramente sólo después de ver la película, tal vez pueda hacerles una reseña de ambos. Mientras tanto, me sigo hundiendo en la espuma.

El fin del anhelo

Cuando me enteré de que sí me venía a Francia a vivir durante varios años, allá por enero de 2011, andaba tan loquita con todo lo galo que mentalmente me armé una lista de las cosas que seguro haría acá. Charlando con gente, preparando el viaje, la lista se alargaba e incluía ir a Roland Garros, visitar desde muertos en cementerios hasta el Olympia en París, ir al festival de Cannes, buscar antepasados franceses perdidos e incluso recorrer teatritos donde había tocado Jeff Buckley.
Es justo decir que he hecho gran parte de lo planeado, pero muy de a poquito. Cuando uno se instala en un lugar y las cosas añoradas están a mano, el saber que en "cualquier momento" las añoranzas son posibles, va postergando ese momento cualquiera y haciendo las cosas igual de imposibles que si uno estuviera lejos. 
De vez en cuando me acuerdo de aquélla otra que desde el sur añoraba hacer ciertas cosas que ya no me parecen tan vitales, y las hago en su memoria. Las premières a las que he ido para conocer actores archivistos en mis películas favoritas han sido más que nada un regalo a la yo que pasaba horas recorriendo foros donde se mencionaban páginas en donde podría haber un enlace para bajar la película inconseguible de los mencionados actores. 
Tampoco es que sea una superada y las cosas que quería antes, ahora me parezcan tan triviales: es decir, un viajecito a Cannes no vendría mal, pero cuando uno empieza a considerar las historias oídas sobre el gentío que se acumula, y el hecho de que varias películas se estrenan en simultáneo en el cine de acá a la vuelta, se comienza a sentir que la inversión de tiempo y dinero realmente no vale la pena, y la magia del anhelo de "ir a Cannes" desaparece. Será porque ahora es posible, pero ese anhelo se volvió un lujo innecesario.

Por cierto, todo muy lindo con renunciar a Cannes, pero a las entradas para la final masculina de Roland Garros 2013 ya las tengo.

El Guga ganando Rolanga en el 2001

... Stories we tell (2012)

A veces me pregunto sobre la utilidad y el significado de exponerse públicamente de la forma en que nos estamos acostumbrando todos a hacerlo, en blogs y tweets y compañía. Fuera del chusmerío y la pavada, gente con mucho talento artístico recurre cotidianamente a su vida privada para crear piezas de valía equivalente o superior a otros productos considerados ficción. En particular, inicié este blog con esperanzas de entrenar mi escritura y siempre usando como excusa creaciones ajenas; pero las ganas de comentar algo en pocas palabras, o de utilizar eventos personales supera seguido (aunque no les dé espacio) a las críticas de cine amateurs que me atrevo a hacer.

STORIES WE TELL, de Sarah Polley

En la conmovedora Stories we tell, Sarah Polley parece haberse planteado la misma pregunta, antes y durante la creación de este documental sobre su vida familiar. E incluso el planteamiento se hace explícito en su desarrollo, sobre si exponer la historia de sus padres y la suya propia tiene algún sentido o valor. 
La respuesta se encuentra fácilmente en la visión del film: De un conjunto de experiencias, engaños, sentimientos confusos, Polley logra crear algo puro y nuevo, que abandona la temática particular de la familia puntual que desentraña, y llega a ser una reflexión emocional sobre diversas temáticas universales. Entre ellas, la identidad de una persona, los límites reales hasta donde se puede conocer al otro, y los recuerdos como una construcción necesaria dotada siempre de elementos "ficticios" inherentes a su construcción. Algo así como que las percepciones y momentos reales son efímeros, y para evocarlos necesitamos de nuestra interpretación presente, del agregado de detalles, etc.; de forma que en poco tiempo terminamos recordando el recuerdo del recuerdo ad infinitum, y el momento real queda allí afuera (más bien, adentro de cada uno) rodeado por las capas de nuestra evocación futura.
A partir de esta última temática -cuando Polley muestra que aunque exponga cada detalle (recuerdo) de la vida de su madre, su verdad será siempre inaccesible- es simple ver que aún recurriendo a material privado, la directora está simplemente lidiando con la ficción que hay en el relato de cualquier historia, y por lo tanto ninguna revelación personal puede vaciarla del valor íntimo que ésta pueda tener. Entonces uno agradece que su visión de artista se extienda a su propia vida y le permita jugar con (reordenar, limpiar, elaborar) elementos de su historia, usándonos a nosotros como testigos.
Que uno no puede más que contar su propia historia, no cabe duda: no tenemos otro lugar desde donde relatar la más fantástica de las ficciones, y aunque elijamos escenarios descabellados siempre habremos desplegado nuestra vida sobre ellos. En consecuencia, emplear el guión de la propia vida es una opción tan válida como cualquier otra, y se transforma en privilegiada cuando además sirve al artista para echar luz sobre sitios que de otra forma se tornarían oscuros.

Hoy no vi nada

Acá tienen, sólo para ustedes y no para mí, el trailer de Before Midnight:

 

¡Yo no lo quiero ver! Pienso comerme las uñas y arrancarme los pelos hasta entrar a la sala -el día en que sea que llegue a Francia-; luego desplomarme de los nervios y emoción en el cine, pero sin saber nada de la película. Un poco dramática la cosa, pero ustedes entienden la premisa.
¿Resistiré?

Lostie


El otro día leí este artículo sobre Lost, que ha sido la serie que más me ha gustado en la historia de todas las series yanquis:
http://www.grantland.com/story/_/id/8670609/alan-sepinwall-origins-lost
Se trata de un artículo sobre la concepción del show, entretenido y que sobre todo me dio muchas ganas de ver toda la serie de nuevo, lo cual ya he hecho un par de veces. ¿Una tercera es mucho? A decir verdad, el único episodio que he visto una sola vez es el final... ¿Y si lo bajo y lo veo ahora? ¿Y si lloro solita un ratito, mientras extraño a Jack y a Kate, y ellos comprenden el sentido de la vida en esa genialidad de capítulo final que fue The End? ¿Y?

... una pulsera

Hoy mientras almorzaba con un chico de la universidad donde trabajo, un compañero le preguntó sobre la cinta que adornaba su muñeca, de ésas simples que se anudan para pedir un deseo y se dejan hasta que se corten solas, momento en que supuestamente el deseo se cumple. Luego de que el chico le explicara a su compañero las reglas de la pulsera de los deseos, agregó que normalmente al momento de romperse la cintita, uno había ya olvidado el deseo que motivó su postura. A mí se me ocurrió contestarle que olvidarse del deseo era igual de bueno que su cumplimiento, porque significaba que uno ya no quería eso, que lo había superado incluso tal vez más que si lo hubiera obtenido. 
Ninguno de los dos (ni el chico ni su compañero) tomó muy en serio mi comentario, y siguieron hablando de otra cosa. Yo, al contrario, me maravillé de mi genialidad y esperaba ojos de asombro ante mi lección de vida. En cambio, la discusión derivó en los partidos de fútbol de anoche y yo también me olvidé del asunto. Pero hace un ratito pensaba de nuevo, que la pulsera es realmente una medida de cómo el tiempo pasa y uno se transforma en otro que ya no quiere las mismas cosas. Entonces tenerla cumple el deseo en la medida en que nos muestra que podemos seguir viviendo sin la supuesta fuente de nuestra felicidad, hasta un punto en que desaparece y ya ni sabemos para qué estuvo. Me siguió pareciendo una genialidad, caramba. Y además me acordé de un mini poema (un poco tonto) que escribí hace muchos años, y que justamente hace alusión a que uno cambia tanto que aquél que formula los deseos nunca está presente cuando éstos se cumplen (o no). Mi deseo en aquél momento era que el depositario de mis amores leyera lo que yo escribía, y que por suerte a esta altura ya ni me acuerdo quién era.

Qué aburrido que es leerme
sabiendo que si algún día lo hicieras
ya no sería yo la misma
que cree que es aburrido.

De Abaddón, el exterminador (2):


"¿Cómo se puede estar conforme con haber sido puesto involuntariamente en este planeta y, a su debido tiempo, asquerosamente viejo, ser expulsado en medio de horribles dolores sin recibir ni explicaciones ni disculpas?"

De Abaddón, el exterminador:

A LA MAÑANA QUIERE ESCRIBIR 
pero la máquina sufre una serie de desperfectos: no anda el margen, se atranca, el carrete de la cinta no vuelve automáticamente, hay que rebobinar a mano y finalmente se rompe algo del carro. 
Desesperado, resuelve ir al centro a distraerse y camina por el barrio sur. En la calle Alsina, entre Defensa y Bolívar, decide comprar una carpeta de anillos, para escribir a mano. Algo nuevo, algo simbólico, que le permita escribir en un café, a pesar de las dificultades con su letra, del cansancio que le produce lograr algo inteligible. Es probable que así rompa el maleficio.
(...) Trata de alejar esos recuerdos y se dirige a la librería con energía. ¿Con energía? Bien, hasta cierto punto. Digamos, para ser exactos y objetivos, que lo hace con cierta energía. Con el temor que siempre le producen los vendedores, va hacia un muchacho alto y flaco, de pelo largo. Aunque advierte que lo reconoce, trata de mantener un aire neutro e intenta superar la timidez que ese reconocimiento invariablemente le produce. Piensa que las cosas se complican, le da vergüenza explicar lo que necesita (algo lleno de requisitos, de tal tamaño, de color negro afuera y colorado adentro, etc.), pero superando las resistencias a medias le dice qué necesita, aunque reservándose los detalles por falta de coraje:
—Una carpeta de anillos —dice, con torpeza.
El empleado le muestra algunas que están lejos de ser lo que busca: no quiere ni una carpeta demasiado grande, que le resulta antipática, que lo intimida con sus enormes y desagradables páginas, tipo sábana; ni, por supuesto, una demasiado pequeña, en la que no podría escribir con holgura, en la que se sentiría como dentro de un chaleco de fuerza. Claro que no le da estos detalles, limitándose a decir que "querría otra cosa".
El empleado comienza a mostrarle otras carpetas, pero por desdicha cada vez más alejadas del modelo ideal que tiene en su mente. Mi maldita costumbre de entrar sin haber localizado antes con absoluta precisión lo que quiero, piensa. Después se ve obligado a llevar las más desagradables o inútiles invenciones. Con amargura, cavila en el armario destinado a ese objeto, lleno de camisas inllevables, medias muy cortas o excesivamente largas, lapiceras de punta demasiado fina o en extremo gruesa, cortapapeles con un mango de conchillas que en colores dice "RECUERDO DE NECOCHEA", un juego de castañuelas que no puede recordar cómo se vio obligado a comprar, un gigantesco Quijote en bronce que valía una pequeña fortuna y hasta un florero cromado que se vio obligado a adquirir en un bazar donde por equivocación entró a comprar un llavero. Eso en cuanto a los productos guardados. Pero más lo amargan los que lleva consigo en virtud del maldito espíritu europeo de economía que le inyectó su madre, con tanto esfuerzo como la sopa pero que, también como la sopa, algo deja en el cuerpo, aunque se la haya tragado a regañadientes: un pantalón sport que detesta, una campera, un pañuelo horrible; nada más que por no tirarlo a la calle, o no guardarlo en ese museo de los objetos monstruosos. Y en especial ese pañuelo de un rosado sucio con florcitas coloradas que de tan repugnante se ve obligado a usarlo con extrema cautela, cuando nadie lo mira; viéndose en la difícil situación de soportar durante largo rato el deseo de limpiarse la nariz nada más que por la gente que lo rodea. Le mostró algunas carpetas que estaban bastante lejos de ser lo que había soñado en sus últimos tiempos de meditación.
—No —comentó vagamente—. O sí, claro. Pero no sé...
El empleado lo miró interrogativamente. Reuniendo todas sus fuerzas, pero sin mirarlo a los ojos, agregó:
—No sé... sí, no está mal... pero quizá un poco más chica... algo así como una libreta grande...
—Ah, entonces usted no busca una carpeta sino una libreta —observó el empleado con ligera severidad.
—Eso es —respondió Sabato con desaliento y falsedad—. Una libreta...
Y en el momento en que el vendedor se daba vuelta, agregó con vergonzosa ambigüedad:
—Pero una libreta que sea más bien como una carpeta.
El muchacho, sin dar vuelta su cuerpo, que ya estaba dirigido hacia la mesa de las libretas, volvió su cabeza y lo consideró con un notorio incremento de su severidad. Sabato se apresuró a precisar que sí, sí, lo que quería era "más bien" una carpeta.
Siguió al empleado hasta la mesa a través de cuya cubierta de cristal se podía advertir, con desalentadora nitidez, que nada de lo que allí se exhibía era lo que él necesitaba, ni de lejos. Pero ya estaba hecho.
El empleado fue sacando y mostrando varias que eran increíblemente inadecuadas: no sabía si porque ya había olvidado lo que acababa de explicarle acerca de que "más bien" se trataba de una carpeta, por simple idiotez de vendedor o por secreta irritación por sus vacilaciones. Sabato iba haciendo un gesto negativo, aunque modestamente negativo. Y por una especie de desgracia, en lugar de ir subiendo en el tamaño aquel sujeto iba descendiendo. Claro que podía haber detenido ese descenso mediante una enérgica negativa, pero con qué cara? Terminó por ofrecerle una libretita infinitesimal, que sólo podía servir para escribir telegramas muy caros o para nenas de corta edad, esas nenas que seriamente van en la calle al lado de su mamá llevando un cochecito de juguete con un bebé de plástico en su interior. Una libretita para hacer como que anota los pedidos para su hogar microscópico.
Admitió que la libretita era muy linda, y hasta hipócritamente hizo como que probaba el funcionamiento de sus anillos, la flexibilidad de su tapita, el papel.
—De cuero? —preguntó, pensando que un dato tan preciso revelaba que no estaba desinteresado de ningún modo en la compra de la miniatura.
—No, señor. De plástico —respondió el muchacho con sequedad.
—Ah —comentó, volviendo a probar el cierre de los anillitos.
Mientras realizaba esa inspección apócrifa sentía que su cuerpo se iba cubriendo de transpiración. ¿Cómo decirle, a esa altura de los acontecimientos, que aquel juguete era casi exactamente lo contrario de lo que buscaba? ¿Con qué cara, con qué palabras? Por un momento estuvo casi dispuesto a comprarlo, para guardarlo más tarde en el mencionado museo de objetos estériles; pero sintió que si lo hacía era un ser despreciable. Decidió entonces superar su debilidad de modo terminante.
—Muy linda, verdaderamente muy linda —comentó de modo casi inaudible—, pero lo que necesito es una libreta grande. En realidad, casi una carpeta.
El vendedor lo observó con severo rigor.
—Entonces —dijo secamente— lo que usted busca es una carpeta.
Sospechando de antemano que le iba a ir peor que con las libretitas (que al menos son agradables), asintió de modo equívoco. El empleado, con decisión que a Sabato le pareció excesiva, se dirigió hacia el anaquel donde se alineaban los monstruos de la especie. Con premeditación, era evidente, buscó la más grande, algo gigantesco y repugnante, uno de esos artefactos que deben de usarse en los ministerios para enormes papeles burocráticos, y con pregunta que más bien era una orden dijo:
—Algo como esto, supongo.
Se miraron durante un segundo, pero ese segundo a Sabato le pareció una eternidad. Un ejemplo casi escolar para establecer la diferencia entre el tiempo astronómico y el tiempo existencial. Era una especie de grotesca instantánea: un vendedor durísimo enarbolando una repelente carpeta para mamuts, frente a un parroquiano avergonzado e intimidado.
—Sí —murmuró Sabato, con voz apenas perceptible y con extremo desánimo.
Con esfuerzo, el empleado envolvió el grosero artefacto, le preparó la factura y se la entregó: era una suma tan enorme como el paquete. Con esa suma, calculó en el trayecto hasta la caja, con amargura, podía haber comprado tres o cuatro carpetas como la que buscaba.

... Möbius (2013)

MÖBIUS
de Eric Rochant
con Jean Dujardin y Cécile de France

El otro día me agarró el cholulaje y fui a la avant-première de Möbius, que pintaba como un buen thriller y prometía el famoso debate post-film con el director y los actores. Por qué no ir a ver a Cécile de France, que supe disfrutar en un par de películas, y saludar a Jean Dujardin antes que parta a los Oscars del domingo. Por qué no conocer a un director del que no sé nada, y escuchar qué dice de su creación. La triste respuesta a esos porqué es que la película es malísima, y entonces ni el Juan del Jardín ni la Cecilia de Francia te compensan dos horas de sinsentido.
Ojo, Möbius arranca bien: Los escenarios lujosos de Mónaco, una buena presentación de los personajes, y uno se entusiasma. Pero después empieza una historia de "intrigas" sin pies ni cabeza donde ni Tim Roth puede lucirse, y el director no parece seguro de lo que quiere hacer. Una persona del público le preguntó a Rochant qué significaba un elemento del film, y el hombre dijo que nada. Lo cual podría ser una buena señal de que no hacen falta inferencias o explicaciones para entender esta película, pero en este caso es sólo la prueba de que nada en Möbius tiene mucho sentido.

Zero dark Homeland

ZERO DARK THIRTY (2012)
de Kathryn Bigelow
con Jessica Chastain, Jennifer Ehle, Edgar Ramírez, entre otros.

El otro día fui a ver la multipremiada Zero dark thirty, no para compartir la dicha americana de capturar a Bin Laden, sino porque en ella presuntamente se conjugaban las maestrías de Kathryn Bigelow y Jessica Chastain, dos mujeres cuyos trabajos he disfrutado hasta ahora.
En un plano superficial, sin analizar el contenido político que puede inferirse de la peli, a ésta le juega en contra la presencia contemporánea de la serie Homeland, que trata asuntos similares con varios puntos a su favor. [Ambas ficciones relatan las andanzas de las oficinas de seguridad nacional de la CIA, en un entorno post 11 de septiembre, y a través de los ojos de una agente obsesionada con atrapar a un líder terrorista.] El más destacable, a mi parecer, es el de su protagonista: Mientras que en Homeland, Claire Danes interpreta a un personaje tan loco como las reglas en que se basa la "guerra al terrorismo" yanqui, Jessica Chastain compone a una agente de la CIA no muy creíble, de apariencia frágil, y difícilmente asociable a las actitudes o diálogos que se le adjudican. Sin criticar a esta actriz que me gusta mucho, uno se encuentra extrañando a Carrie (Claire Danes) y a su desequilibrio, más equilibrado con el entorno combativo. Es allí que, si se debe ir a un plano más profundo, uno no comprende bien su participación ni qué hace allí este personaje (el de Chastain), lo cual inevitablemente lleva al plano más profundo siguiente: qué demonios hacen los yanquis ahí, invadiendo países ajenos y matando sin miramientos. El valor de Homeland se hace evidente entonces, en cuanto consigue hacernos olvidar estas cuestiones de base y nos convence de seguir a sus personajes en la lucha en la que participan.
La película es visible y creada con oficio, en ella el talento de Bigelow sigue estando presente; pero si ésta fuera la primera temporada de una serie, estoy segura que no esperaría la segunda con tantas ganas como lo hice con Homeland.

HOMELAND

... 1984 (el libro)

Hace muchos años ya, un amigo de un amigo -sujeto que me caía muy mal- me dijo que estaba leyendo 1984, el clásico de George Orwell, y que el personaje de "Julia" le recordaba enormemente a mí. Como yo aún no había leído el libro, y además no lograba detectar si el desagrado que él me causaba era mutuo, nunca supe si su comentario constituía un halago o un ataque con maquillaje literario. 

 
Varios años después (un par de meses atrás) y con 1984 en mis manos, cuando "Julia" apareció por primera vez en el libro, aquel detestable amigo-de-mi-amigo se me vino a la cabeza. Me pasé todo el relato intentando descifrar el carácter de la muchacha, que por momentos me enorgullecía y luego demostraba la ofensa oculta en aquel comentario antiguo. 
Habiendo concluido 1984, no puedo afirmar ni una cosa ni la otra, pero sí -sin duda alguna- que no me parezco a "Julia" ni un poquito. Quedo abierta a sus opiniones en cuanto a las virtudes de ese personaje, y mientras tanto les comparto algunas citas geniales que elegí de este gran libro: 

"The consequences of every act are included in the act itself."

"Now that he had recognised himself as a dead man it became important to stay alive as long as possible."

"Who controls the present controls the past. (...) Whatever was true now was true from everlasting to everlasting. It was quite simple. All thas was needed was an unending series of victories over your own memory."

"It struck him that in moments of crisis one is never fighting against an external enemy, but always against one's own body. Even now, in spite of the gin, the dull ache in his belly made consecutive thought impossible. And it is the same, he perceived, in all seemingly heroic or tragic situations. On the battlefield, in the torture chamber, on a sinking ship, the issues that you are fighting for are always forgotten, because the body swells up until it fills the universe, and even when you are not paralysed by fright or screaming with pain, life is a moment-to-moment struggle against hunger or cold or sleeplessness, against a sour stomach or an aching tooth."

"... That the choice for manking lay between freedom and hapiness, and that, for the great bulk of mankind, happiness was better."