De Abaddón, el exterminador:

A LA MAÑANA QUIERE ESCRIBIR 
pero la máquina sufre una serie de desperfectos: no anda el margen, se atranca, el carrete de la cinta no vuelve automáticamente, hay que rebobinar a mano y finalmente se rompe algo del carro. 
Desesperado, resuelve ir al centro a distraerse y camina por el barrio sur. En la calle Alsina, entre Defensa y Bolívar, decide comprar una carpeta de anillos, para escribir a mano. Algo nuevo, algo simbólico, que le permita escribir en un café, a pesar de las dificultades con su letra, del cansancio que le produce lograr algo inteligible. Es probable que así rompa el maleficio.
(...) Trata de alejar esos recuerdos y se dirige a la librería con energía. ¿Con energía? Bien, hasta cierto punto. Digamos, para ser exactos y objetivos, que lo hace con cierta energía. Con el temor que siempre le producen los vendedores, va hacia un muchacho alto y flaco, de pelo largo. Aunque advierte que lo reconoce, trata de mantener un aire neutro e intenta superar la timidez que ese reconocimiento invariablemente le produce. Piensa que las cosas se complican, le da vergüenza explicar lo que necesita (algo lleno de requisitos, de tal tamaño, de color negro afuera y colorado adentro, etc.), pero superando las resistencias a medias le dice qué necesita, aunque reservándose los detalles por falta de coraje:
—Una carpeta de anillos —dice, con torpeza.
El empleado le muestra algunas que están lejos de ser lo que busca: no quiere ni una carpeta demasiado grande, que le resulta antipática, que lo intimida con sus enormes y desagradables páginas, tipo sábana; ni, por supuesto, una demasiado pequeña, en la que no podría escribir con holgura, en la que se sentiría como dentro de un chaleco de fuerza. Claro que no le da estos detalles, limitándose a decir que "querría otra cosa".
El empleado comienza a mostrarle otras carpetas, pero por desdicha cada vez más alejadas del modelo ideal que tiene en su mente. Mi maldita costumbre de entrar sin haber localizado antes con absoluta precisión lo que quiero, piensa. Después se ve obligado a llevar las más desagradables o inútiles invenciones. Con amargura, cavila en el armario destinado a ese objeto, lleno de camisas inllevables, medias muy cortas o excesivamente largas, lapiceras de punta demasiado fina o en extremo gruesa, cortapapeles con un mango de conchillas que en colores dice "RECUERDO DE NECOCHEA", un juego de castañuelas que no puede recordar cómo se vio obligado a comprar, un gigantesco Quijote en bronce que valía una pequeña fortuna y hasta un florero cromado que se vio obligado a adquirir en un bazar donde por equivocación entró a comprar un llavero. Eso en cuanto a los productos guardados. Pero más lo amargan los que lleva consigo en virtud del maldito espíritu europeo de economía que le inyectó su madre, con tanto esfuerzo como la sopa pero que, también como la sopa, algo deja en el cuerpo, aunque se la haya tragado a regañadientes: un pantalón sport que detesta, una campera, un pañuelo horrible; nada más que por no tirarlo a la calle, o no guardarlo en ese museo de los objetos monstruosos. Y en especial ese pañuelo de un rosado sucio con florcitas coloradas que de tan repugnante se ve obligado a usarlo con extrema cautela, cuando nadie lo mira; viéndose en la difícil situación de soportar durante largo rato el deseo de limpiarse la nariz nada más que por la gente que lo rodea. Le mostró algunas carpetas que estaban bastante lejos de ser lo que había soñado en sus últimos tiempos de meditación.
—No —comentó vagamente—. O sí, claro. Pero no sé...
El empleado lo miró interrogativamente. Reuniendo todas sus fuerzas, pero sin mirarlo a los ojos, agregó:
—No sé... sí, no está mal... pero quizá un poco más chica... algo así como una libreta grande...
—Ah, entonces usted no busca una carpeta sino una libreta —observó el empleado con ligera severidad.
—Eso es —respondió Sabato con desaliento y falsedad—. Una libreta...
Y en el momento en que el vendedor se daba vuelta, agregó con vergonzosa ambigüedad:
—Pero una libreta que sea más bien como una carpeta.
El muchacho, sin dar vuelta su cuerpo, que ya estaba dirigido hacia la mesa de las libretas, volvió su cabeza y lo consideró con un notorio incremento de su severidad. Sabato se apresuró a precisar que sí, sí, lo que quería era "más bien" una carpeta.
Siguió al empleado hasta la mesa a través de cuya cubierta de cristal se podía advertir, con desalentadora nitidez, que nada de lo que allí se exhibía era lo que él necesitaba, ni de lejos. Pero ya estaba hecho.
El empleado fue sacando y mostrando varias que eran increíblemente inadecuadas: no sabía si porque ya había olvidado lo que acababa de explicarle acerca de que "más bien" se trataba de una carpeta, por simple idiotez de vendedor o por secreta irritación por sus vacilaciones. Sabato iba haciendo un gesto negativo, aunque modestamente negativo. Y por una especie de desgracia, en lugar de ir subiendo en el tamaño aquel sujeto iba descendiendo. Claro que podía haber detenido ese descenso mediante una enérgica negativa, pero con qué cara? Terminó por ofrecerle una libretita infinitesimal, que sólo podía servir para escribir telegramas muy caros o para nenas de corta edad, esas nenas que seriamente van en la calle al lado de su mamá llevando un cochecito de juguete con un bebé de plástico en su interior. Una libretita para hacer como que anota los pedidos para su hogar microscópico.
Admitió que la libretita era muy linda, y hasta hipócritamente hizo como que probaba el funcionamiento de sus anillos, la flexibilidad de su tapita, el papel.
—De cuero? —preguntó, pensando que un dato tan preciso revelaba que no estaba desinteresado de ningún modo en la compra de la miniatura.
—No, señor. De plástico —respondió el muchacho con sequedad.
—Ah —comentó, volviendo a probar el cierre de los anillitos.
Mientras realizaba esa inspección apócrifa sentía que su cuerpo se iba cubriendo de transpiración. ¿Cómo decirle, a esa altura de los acontecimientos, que aquel juguete era casi exactamente lo contrario de lo que buscaba? ¿Con qué cara, con qué palabras? Por un momento estuvo casi dispuesto a comprarlo, para guardarlo más tarde en el mencionado museo de objetos estériles; pero sintió que si lo hacía era un ser despreciable. Decidió entonces superar su debilidad de modo terminante.
—Muy linda, verdaderamente muy linda —comentó de modo casi inaudible—, pero lo que necesito es una libreta grande. En realidad, casi una carpeta.
El vendedor lo observó con severo rigor.
—Entonces —dijo secamente— lo que usted busca es una carpeta.
Sospechando de antemano que le iba a ir peor que con las libretitas (que al menos son agradables), asintió de modo equívoco. El empleado, con decisión que a Sabato le pareció excesiva, se dirigió hacia el anaquel donde se alineaban los monstruos de la especie. Con premeditación, era evidente, buscó la más grande, algo gigantesco y repugnante, uno de esos artefactos que deben de usarse en los ministerios para enormes papeles burocráticos, y con pregunta que más bien era una orden dijo:
—Algo como esto, supongo.
Se miraron durante un segundo, pero ese segundo a Sabato le pareció una eternidad. Un ejemplo casi escolar para establecer la diferencia entre el tiempo astronómico y el tiempo existencial. Era una especie de grotesca instantánea: un vendedor durísimo enarbolando una repelente carpeta para mamuts, frente a un parroquiano avergonzado e intimidado.
—Sí —murmuró Sabato, con voz apenas perceptible y con extremo desánimo.
Con esfuerzo, el empleado envolvió el grosero artefacto, le preparó la factura y se la entregó: era una suma tan enorme como el paquete. Con esa suma, calculó en el trayecto hasta la caja, con amargura, podía haber comprado tres o cuatro carpetas como la que buscaba.

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