... una pulsera

Hoy mientras almorzaba con un chico de la universidad donde trabajo, un compañero le preguntó sobre la cinta que adornaba su muñeca, de ésas simples que se anudan para pedir un deseo y se dejan hasta que se corten solas, momento en que supuestamente el deseo se cumple. Luego de que el chico le explicara a su compañero las reglas de la pulsera de los deseos, agregó que normalmente al momento de romperse la cintita, uno había ya olvidado el deseo que motivó su postura. A mí se me ocurrió contestarle que olvidarse del deseo era igual de bueno que su cumplimiento, porque significaba que uno ya no quería eso, que lo había superado incluso tal vez más que si lo hubiera obtenido. 
Ninguno de los dos (ni el chico ni su compañero) tomó muy en serio mi comentario, y siguieron hablando de otra cosa. Yo, al contrario, me maravillé de mi genialidad y esperaba ojos de asombro ante mi lección de vida. En cambio, la discusión derivó en los partidos de fútbol de anoche y yo también me olvidé del asunto. Pero hace un ratito pensaba de nuevo, que la pulsera es realmente una medida de cómo el tiempo pasa y uno se transforma en otro que ya no quiere las mismas cosas. Entonces tenerla cumple el deseo en la medida en que nos muestra que podemos seguir viviendo sin la supuesta fuente de nuestra felicidad, hasta un punto en que desaparece y ya ni sabemos para qué estuvo. Me siguió pareciendo una genialidad, caramba. Y además me acordé de un mini poema (un poco tonto) que escribí hace muchos años, y que justamente hace alusión a que uno cambia tanto que aquél que formula los deseos nunca está presente cuando éstos se cumplen (o no). Mi deseo en aquél momento era que el depositario de mis amores leyera lo que yo escribía, y que por suerte a esta altura ya ni me acuerdo quién era.

Qué aburrido que es leerme
sabiendo que si algún día lo hicieras
ya no sería yo la misma
que cree que es aburrido.

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