... La espuma de los días


Son tantos los libros escritos que vale la pena leer, tantos, que seguido nos (me?) pasa no saber cómo elegir el siguiente, si imponerse algún orden lógico, o seguir el azar de la vida. En lo personal yo trato leer ciertos autores, o de respetar a veces ciertas cronologías, pero en su mayor parte los libros me sorprenden sugiriéndose de la nada en personas, en otros libros o películas, o gracias a menciones al azar.
El caso de L’écume des jours (cuya traducción literal es La espuma de los días) no es tan aleatorio porque hace ya un par de meses que la publicidad del film de Michel Gondry -segunda adaptación de la novela- pasa y re-pasa antes de las películas en el cine. Fan de Gondry como soy, después de ver este trailer por primera vez, únicamente pensé en esperar con ganas el estreno del film:


La segunda vez, en cambio, me llamo la atención lo del "d'après le chef-d'œuvre de Boris Vian" (algo así como "inspirado en la obra maestra de Boris Vian") que para mí no tenía nada de obra maestra ni de conocido; nunca había oído hablar de este libro ni de su autor. Un par de wikipedias después, me encuentro convencida de la necesidad de leer L’écume des jours. ¿Qué es esta necesidad? Si tuviera que describirla, es la impresión de que tenemos el ánimo justo para disfutarla, una sensación de que es algo que siempre habíamos buscado y que nunca habíamos visto similar. El puntapié necesario para decidir que éste es el siguiente libro que vamos a leer.
Días más tarde, con la chef-d'œuvre entre mis manos -en su edición de bolsillo de tapa azul con una flor naranja en el centro-, el placer de comenzar la primera página se presentaba más grande incluso que el prometido al ver el film. He avanzado las páginas como loca, riendo y enterneciéndome con los juegos de Vian, impulsada por el acelerador del inminente estreno de la película, que quizás pueda ver el mismísimo 24 de abril. Aunque a veces me encuentro pensando en Romain Duris y Audrey Tautou cuando Colin y Chloé son mencionados, los personajes han cobrado vida propia y entre este librito y yo ya existe una historia personal que ningún film puede cambiar.
Cuando haya terminado el libro, y seguramente sólo después de ver la película, tal vez pueda hacerles una reseña de ambos. Mientras tanto, me sigo hundiendo en la espuma.

El fin del anhelo

Cuando me enteré de que sí me venía a Francia a vivir durante varios años, allá por enero de 2011, andaba tan loquita con todo lo galo que mentalmente me armé una lista de las cosas que seguro haría acá. Charlando con gente, preparando el viaje, la lista se alargaba e incluía ir a Roland Garros, visitar desde muertos en cementerios hasta el Olympia en París, ir al festival de Cannes, buscar antepasados franceses perdidos e incluso recorrer teatritos donde había tocado Jeff Buckley.
Es justo decir que he hecho gran parte de lo planeado, pero muy de a poquito. Cuando uno se instala en un lugar y las cosas añoradas están a mano, el saber que en "cualquier momento" las añoranzas son posibles, va postergando ese momento cualquiera y haciendo las cosas igual de imposibles que si uno estuviera lejos. 
De vez en cuando me acuerdo de aquélla otra que desde el sur añoraba hacer ciertas cosas que ya no me parecen tan vitales, y las hago en su memoria. Las premières a las que he ido para conocer actores archivistos en mis películas favoritas han sido más que nada un regalo a la yo que pasaba horas recorriendo foros donde se mencionaban páginas en donde podría haber un enlace para bajar la película inconseguible de los mencionados actores. 
Tampoco es que sea una superada y las cosas que quería antes, ahora me parezcan tan triviales: es decir, un viajecito a Cannes no vendría mal, pero cuando uno empieza a considerar las historias oídas sobre el gentío que se acumula, y el hecho de que varias películas se estrenan en simultáneo en el cine de acá a la vuelta, se comienza a sentir que la inversión de tiempo y dinero realmente no vale la pena, y la magia del anhelo de "ir a Cannes" desaparece. Será porque ahora es posible, pero ese anhelo se volvió un lujo innecesario.

Por cierto, todo muy lindo con renunciar a Cannes, pero a las entradas para la final masculina de Roland Garros 2013 ya las tengo.

El Guga ganando Rolanga en el 2001

... Stories we tell (2012)

A veces me pregunto sobre la utilidad y el significado de exponerse públicamente de la forma en que nos estamos acostumbrando todos a hacerlo, en blogs y tweets y compañía. Fuera del chusmerío y la pavada, gente con mucho talento artístico recurre cotidianamente a su vida privada para crear piezas de valía equivalente o superior a otros productos considerados ficción. En particular, inicié este blog con esperanzas de entrenar mi escritura y siempre usando como excusa creaciones ajenas; pero las ganas de comentar algo en pocas palabras, o de utilizar eventos personales supera seguido (aunque no les dé espacio) a las críticas de cine amateurs que me atrevo a hacer.

STORIES WE TELL, de Sarah Polley

En la conmovedora Stories we tell, Sarah Polley parece haberse planteado la misma pregunta, antes y durante la creación de este documental sobre su vida familiar. E incluso el planteamiento se hace explícito en su desarrollo, sobre si exponer la historia de sus padres y la suya propia tiene algún sentido o valor. 
La respuesta se encuentra fácilmente en la visión del film: De un conjunto de experiencias, engaños, sentimientos confusos, Polley logra crear algo puro y nuevo, que abandona la temática particular de la familia puntual que desentraña, y llega a ser una reflexión emocional sobre diversas temáticas universales. Entre ellas, la identidad de una persona, los límites reales hasta donde se puede conocer al otro, y los recuerdos como una construcción necesaria dotada siempre de elementos "ficticios" inherentes a su construcción. Algo así como que las percepciones y momentos reales son efímeros, y para evocarlos necesitamos de nuestra interpretación presente, del agregado de detalles, etc.; de forma que en poco tiempo terminamos recordando el recuerdo del recuerdo ad infinitum, y el momento real queda allí afuera (más bien, adentro de cada uno) rodeado por las capas de nuestra evocación futura.
A partir de esta última temática -cuando Polley muestra que aunque exponga cada detalle (recuerdo) de la vida de su madre, su verdad será siempre inaccesible- es simple ver que aún recurriendo a material privado, la directora está simplemente lidiando con la ficción que hay en el relato de cualquier historia, y por lo tanto ninguna revelación personal puede vaciarla del valor íntimo que ésta pueda tener. Entonces uno agradece que su visión de artista se extienda a su propia vida y le permita jugar con (reordenar, limpiar, elaborar) elementos de su historia, usándonos a nosotros como testigos.
Que uno no puede más que contar su propia historia, no cabe duda: no tenemos otro lugar desde donde relatar la más fantástica de las ficciones, y aunque elijamos escenarios descabellados siempre habremos desplegado nuestra vida sobre ellos. En consecuencia, emplear el guión de la propia vida es una opción tan válida como cualquier otra, y se transforma en privilegiada cuando además sirve al artista para echar luz sobre sitios que de otra forma se tornarían oscuros.

Hoy no vi nada

Acá tienen, sólo para ustedes y no para mí, el trailer de Before Midnight:

 

¡Yo no lo quiero ver! Pienso comerme las uñas y arrancarme los pelos hasta entrar a la sala -el día en que sea que llegue a Francia-; luego desplomarme de los nervios y emoción en el cine, pero sin saber nada de la película. Un poco dramática la cosa, pero ustedes entienden la premisa.
¿Resistiré?