El fin del anhelo

Cuando me enteré de que sí me venía a Francia a vivir durante varios años, allá por enero de 2011, andaba tan loquita con todo lo galo que mentalmente me armé una lista de las cosas que seguro haría acá. Charlando con gente, preparando el viaje, la lista se alargaba e incluía ir a Roland Garros, visitar desde muertos en cementerios hasta el Olympia en París, ir al festival de Cannes, buscar antepasados franceses perdidos e incluso recorrer teatritos donde había tocado Jeff Buckley.
Es justo decir que he hecho gran parte de lo planeado, pero muy de a poquito. Cuando uno se instala en un lugar y las cosas añoradas están a mano, el saber que en "cualquier momento" las añoranzas son posibles, va postergando ese momento cualquiera y haciendo las cosas igual de imposibles que si uno estuviera lejos. 
De vez en cuando me acuerdo de aquélla otra que desde el sur añoraba hacer ciertas cosas que ya no me parecen tan vitales, y las hago en su memoria. Las premières a las que he ido para conocer actores archivistos en mis películas favoritas han sido más que nada un regalo a la yo que pasaba horas recorriendo foros donde se mencionaban páginas en donde podría haber un enlace para bajar la película inconseguible de los mencionados actores. 
Tampoco es que sea una superada y las cosas que quería antes, ahora me parezcan tan triviales: es decir, un viajecito a Cannes no vendría mal, pero cuando uno empieza a considerar las historias oídas sobre el gentío que se acumula, y el hecho de que varias películas se estrenan en simultáneo en el cine de acá a la vuelta, se comienza a sentir que la inversión de tiempo y dinero realmente no vale la pena, y la magia del anhelo de "ir a Cannes" desaparece. Será porque ahora es posible, pero ese anhelo se volvió un lujo innecesario.

Por cierto, todo muy lindo con renunciar a Cannes, pero a las entradas para la final masculina de Roland Garros 2013 ya las tengo.

El Guga ganando Rolanga en el 2001

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